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jueves, 24 de abril de 2014

Bailemos en el infierno bajo la luna llena

             



-¿Ya has comprendido quién soy en realidad?
-Perfectamente - respondí sin vacilar. 
Él levantó la mirada y la clavó en mis ojos, en mi alma 
- Eres uno de los ángeles rebeldes. Un... demonio.
-Ésa es solo una estúpida denominación humana. Pero no tienes nada que temer de mí.
-Lo sé, siempre lo he sabido.



Me asombré del terror que no podía sentir. Estaba junto a un demonio y en todo lo que podía pensar era en que estaba tan cerca de mí que comenzaba a sentirme extrañamente agitada, deseosa de consolarle, de abrazarle, de devorarle. Me acarició el cabello mientras yo, simplemente, le contemplaba inmóvil y extasiada, disfrutando de cada uno de los movimientos de sus ojos que seguía la sutil caricia de sus manos sobre mi piel. No era solo mi corazón sino mi alma misma quien lo anhelaba. Empezaba a sentir las mordeduras de un amor indomable, prohibido e innatural. Me tomó el rostro entre sus manos y me miró silenciosa, fijamente, con sus brillantes ojos. Algo me impulsó a hacer lo mismo y poseer su rostro entre mis manos. La cabeza me daba vueltas. ¿Sufre él tanto como yo?. Y pensé en el infierno y en los castigos que en él me esperaban por cometer aquel terrible pecado mortal. Pero el infierno me parecería la gloria si él estaba allí, si se me permitía siquiera contemplar su mirada durante el horrible tormento. Bajé mi vista hacia sus labios, movida por emociones que nunca antes había sentido. Tenían un color rosado muy vivo, carnosos y deliciosamente apetecibles. Sentí como involuntariamente mi cabeza se resbalaba de las manos que la sostenían y mis labios acudían al encuentro de los suyos, pero no fueron besos lo que intercambiamos sino el aire que nos embargaba.

Que me importa que mi alma se condene. Que me arrojen al infierno si mi amante es mi castigo. Pero me aseguró que el infierno es solo una idea humana. No existe tal lugar, ni nadie encargado de infligir despiadadas venganzas sobre las almas inmortales. 


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jueves, 3 de abril de 2014

Satisfacción

             




Corría y corría, se daba con las ramas de los árboles en la cara, se tropezaba con piedras gigantescas que encontraba en su camino, que a veces saltaba y que otras veces empujaba hacia los lados para hacerse camino. No sabía muy bien de que o de quien huía, pero si sabía que fuese lo que fuese estaba cerca y a punto de atraparle.

En su desenfrenada carrera llegó hasta el borde de un acantilado, se detuvo unos segundos a pensar que podía hacer, si se quedaba allí, lo que le perseguía le daría alcance enseguida, no podía volver atrás y tampoco había mas salidas.

Sin pensarlo mas tomó impulso y saltó al vacío, no le sorprendió nada ver que volaba, o mas bien planeaba; le gustaba la sensación de libertad que experimentaba, por primera vez en mucho tiempo se sintió feliz y relajado. El aire era cálido y el sol templaba su cuerpo desnudo.

Todo era armonía, paz y silencio, hasta que en la lejanía empezó a escuchar el peculiar sonido de las sirenas de las ambulancias.

En cuestión de segundos sintió un fuerte golpe sobre todo el cuerpo y todo se tornó negro, frío y ruidoso. Poco a poco retornó el silencio, la paz y la armonía, volvía a sentirse de nuevo ligero y mas liviano que antes, solo escuchaba en la lejanía una voz que decía: "No se puede hacer nada por él".

Cuando la policía entró en su apartamento se encontró todos los muebles tirados por el suelo, las cortinas arrancadas, las lámparas destrozadas y la puerta de la terraza abierta de par en par.

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