Un cuarto de mi vida estoy haciendo algo. El tiempo restante estoy pensando cómo hacerlo o dejándolo de hacer. En otras ocasiones tengo la sensación de que la vida realmente me echa un cabo, pero que nunca soy capaz de verlo y agarrarme a él. O que no quiero. Porque prefiero quedarme en la cama pensando en ti. Pensando en Sudáfrica, o Noráfrica, o lo que sea. A veces también pienso en las personas que me he cruzado en la calle, o quien tiene que tener todo mi dinero. Ocasionalmente sueño, sueño con muchas cosas, casi más que en las que pienso. Una vez soñé con un ascensor que no funcionaba, apretaba el botón y esperaba y esperaba, y volvía a apretar, lo encajonaba, comprimía, oprimía, presionaba... pero nunca subía. Así que subí por las escaleras, pero ninguna era lo suficientemente alta como para llegar a ningún lado; algunas cosas nunca cambian. Alguien en la tele le grita a otro alguien mientras los pensamientos razonados marchan en fila de uno por el pasillo hacia algún lugar remoto y desconocido. Y mientras yo intento hacer funcionar todo esto.
Cariño, es un trabajo duro.